9 de abril de 2015

Condenados a una existencia perpetua

Por Alejandro Spagnoli
(Publicado originalmente en Revista Paralelo 38)


Durante los últimos años los avances de la ciencia han sido enormes y ya a comienzos de este siglo, el filme Inteligencia Artificial dirigido por Steven Spielberg profundizó en la problemática de la inmortalidad. La película cuenta la historia de un niño robot el cual tiene la misma inteligencia y sentimientos que un humano común con el plus de estar condenado a sufrir la pérdida de sus seres queridos hasta el fin de los tiempos. Dentro de ese argumento, también aborda el tema de los avances tecnológicos y la total incertidumbre de sus consecuencias. 

En un mundo en el cual la revolución tecnológica se encuentra en pleno desarrollo, lejos de ser apocalíptico, el tópico toma forma y vuelve razonable la pregunta acerca de los límites de la intervención humana sobre la naturaleza. 

Durante el año 2005 y en el contexto de la rápida espiral de ascenso tecnológico, el futurólogo de British Telecom, Ian Parson aseguró que para el año 2050 nuestra mente podría ser descargada a una computadora. Con base en este polémico dicho, ese mismo año el periodista Ariel Torres publicó en su columna de La Nación una nota en la que planteaba ciertos interrogantes: si la afirmación fuera correcta, la muerte dejaría de ser un problema. Bastaría únicamente con la clonación y la “instalación” de los datos en el cuerpo nuevo. En este contexto… ¿Quién tendrá el coraje de apretar el botón? ¿Quién puede asegurar que todo saldrá bien? ¿Somos simplemente un conjunto de datos los cuales pueden ser copiados y pegados? 

El sentido de la existencia le quitó el sueño a decenas de filósofos durante muchos años y hasta el día de hoy es un misterio sin resolver. Grandes exponentes del existencialismo cómo Albert Camus y Jean Paul Sartre pusieron de manifiesto lo absurdo del ser humano por tener conciencia de su finitud. Y es que probablemente lo que más angustia al hombre es el tener la certeza de que algún día va a morir y dejará de ser. Al mismo tiempo, el saberse inmortal produce idéntica desesperación. Tal vez la peor pesadilla de Sartre: ahora “la nausea” será eterna o peor aún, quizás el hombre se vea entre la espada y la pared. La opción de hierro de tener que elegir entre dejar de ser o ser para siempre. 

Queda claro que al plantear este tipo de dilemas el ser humano se topa con la posibilidad de jugar a ser Dios o dicho de otro modo, es el hombre quien ahora va a jugar a los dados con el universo. De este modo, en caso de poder decidir la propia inmortalidad los límites quedan en un marco vaporoso.

En una nota publicada en el diario Clarín, el director del Instituto del Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford, Nick Bostrom aseguró que el avance de la tecnología ha rebasado nuestra capacidad de controlar las posibles consecuencias. En este sentido, plantea las puertas que estos descubrimientos abren hacia mundos totalmente desconocidos. 

El mayor riesgo existencial de la humanidad proviene de la propia humanidad y su actividad. Es cierto que los riesgos de la racionalidad técnica datan de hace tiempo con las discusiones en torno a la tala de bosques, la contaminación y otros conflictos con el medio ambiente. Sin embargo, la problemática puede ir mucho más allá: “Existen riesgos significativos en algunas de las formas avanzadas de biología sintética, las armas de nanotecnología y la superinteligencia de las máquinas que podrían desarrollarse durante este siglo. Lo mismo ocurre con determinadas situaciones evolutivas distópicas”, dijo Bostrom en la misma nota de Clarín. 

El dilema se torna aún mayor al adentrarse en el campo de la selección genética. En un principio, esta práctica consiste en seleccionar un embrión libre de alteraciones en genes que pudieran aumentar el riesgo de sufrir enfermedades graves en el futuro. Sin embargo, y como sostiene Sergio Ghio, biólogo molecular de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, esto sumado a la selección social planteada por el capitalismo podría hacer que se amplíen aún más las desigualdades. 

El perfeccionamiento de este tipo de prácticas podría causar la división de los seres humanos en dos clases. Una primera clase libre de enfermedades, que será la que tenga los medios sociales y económicos para acceder a los procedimientos contrastada por una segunda clase; la de los seres humanos corrientes, condenados a una ruleta rusa genética en la cual siempre habrá riesgos mucho mayores de desarrollar padecimientos. 

Sin duda este tipo de ingeniería genética no sólo persigue la corrección de defectos y la cura de enfermedades sino que también busca el perfeccionamiento del género humano y esto se encuentra muy ligado a la idea desarrollada al comienzo: el hombre y la in-mortalidad. Nadie puede asegurar realmente que el avance tecnológico garantice la existencia eterna, no obstante, el concepto hace añicos símbolos muy arraigados de la cultura mundial. El tiempo dejará de tener sentido, lo mismo ocurrirá con la juventud, la adultez, la niñez… estas ideas dejarán de existir y probablemente no serán más que ciclos a los que volveremos superada cierta fase del desarrollo. 

Suele decirse que cada ser humano es valioso por ser único e irrepetible. ¿Qué pasaría si esto dejará de ser así?

La eternidad quita el valor intrínseco de cada instante de la vida, ya no habrá prisas, no habrá sueños, ni metas, ni pasiones, ni amores. No será necesario vivir como si la vida se acabara, justamente porque la vida nunca acabará. En ese momento, el ser humano estará preso. Será un preso de la vida, de la nada, de la vacuidad, del sin-sentido. 

Cada instante perderá su valor de la misma forma en la que se devalúa todo lo que es fácil de conseguir. No habrá momentos únicos ni sensaciones de realización. En pocas palabras, la vida dejará de ser un reto, ya no será una competencia. No será la búsqueda de la felicidad o de la autorrealización. No habrá la necesidad de trascender. No habrá motores que nos muevan a hacer las cosas lo mejor posible. Todo dará lo mismo. No podremos valorar cada momento con los seres que amamos, simplemente porque sabremos que siempre estarán ahí. Las despedidas serán cosas del pasado porque dos personas inmortales no necesitan despedirse. En algún remoto momento de su interminable vida van a volverse a encontrar. El Inmortal, cuento de Borges no pudo contar mejor esta tremenda sensación de vacío: “Homero y yo nos separamos en las puertas del Tánger; creo que no nos dijimos adiós”.

30 de marzo de 2015

Sicarios de la cultura

Por Alejandro Spagnoli
(Publicado originalmente en Revista Paralelo 38)


El periodismo ha muerto. Sus palabras, sus pronósticos, sus opiniones y sus “designios” ya no son palabra santa y lo que antes era un poder indiscutido hoy cayó en el barro del cuestionamiento. Sus formas, sus prácticas, sus profesionales… todos en la arena movediza de la puja por el poder.

Todo este lleva a la inevitable pregunta: ¿Qué es el periodismo?

O peor: ¿Qué o quién es un periodista?

¿Un periodista es un comunicador social? ¿Es el mago de la palabra? ¿Es el paladín de la justicia? ¿Es el perro guardián de la sociedad? ¿Es el cuarto poder? ¿Es un manipulador de la realidad? ¿Es un trabajador honesto? ¿Es un empresario maquiavélico? ¿Es una corporación? ¿Es un tipo que voltea gobiernos? ¿Un conspirador? ¿Qué carajo es un periodista?

¿Cuál es la diferencia entre el pibe que va de movilero a las seis de la mañana y le pagan dos mangos y el gordo Lanata que se fuma un pucho en cámara? ¿Cuál es más rockero? ¿Quién la mueve más?

¿Quién es más digno, el pibe movilero que cubre los piquetes o el otro que tiene que hacer guardias esperando a la vedette de turno para que le diga alguna boludez? ¿Esos son trabajos?

¿Qué carajo es un periodista? ¿Son comunicadores “sociales”? ¿La comunicación no es siempre social? ¿La sociedad no se comunica? ¿Estamos en la era de la información? ¿Los periodistas enriquecen la cultura? ¿O la degradan? ¿Hay niveles de cultura? ¿Apocalípticos o integrados?

¿Algunos valen más que otros? ¿Los de gráfica son mejores que los de la tele? ¿Y los de la radio? ¿Son todos periodistas? ¿Los periodistas son locutores? ¿Son vedettes? ¿Son minas que bailan en la tele y después son panelistas de programas?

¿Aportan a la cultura? ¿Son formadores de opinión? ¿Te ayudan a formar opinión o te la dan masticada? ¿Y Nelson Castro en que se diferencia de Lanata? ¿Todo es lo mismo? ¿Y Victor Hugo se vendió? ¿Lanata también? ¿Los periodistas son mercancía? ¿Las noticias son caramelos? ¿Podemos elegir no comer caramelos?

¿Qué carajo es un periodista? Que alguien me lo diga. Por favor, en serio. ¿Qué es el periodismo?

¿Es el mejor trabajo del mundo? ¿El más divertido? ¿Son como los médicos, sin vacaciones ni feriados? ¿O esos eran otros? Ya no me acuerdo.

¿Son sicarios de la cultura, mercenarios sin escrúpulos? ¿Son personas que necesitan subsistir como todos los demás? ¿Tienen que estar en la zona cómoda o en el límite, en la línea divisoria? ¿Es una profesión de riesgo? ¿Es insalubre? ¿Y el periodismo de investigación? ¿Alguna vez no se investiga tanto? ¿Qué carajo es el periodismo? ¿Son superhéroes? ¿Por qué les pedimos que actúen como tales?

¿Tiene sentido hacer tantas preguntas? ¿Todas las preguntas tienen respuesta? ¿Los periodistas hacemos preguntas? ¿Queremos preguntar? ¿Queremos responder? ¿Qué preguntamos? ¿A quién le preguntamos? ¿Para qué preguntamos?

Y ahora que pienso todo esto… ¿A quién le importa?

28 de noviembre de 2013

Sin Fort, el show debe continuar

Por Alejandro Spagnoli



Ricardo Fort era muy televisivo. Paradójicamente, desde hace tiempo su aparición en los medios tenía que ver con aspectos que su dinero no podía comprar. Si durante el comienzo de su vida mediática el magnate atrapó a grandes audiencias por su llamativo e intenso estilo de vida, en los últimos meses sus presencias tuvieron que ver más con su sufrimiento físico, el cual desencadenó en su muerte inesperada.

El personaje de Fort estaba basado fuertemente en la diversión y en el disfrute del presente. Esta faceta de su personalidad fue tan intensa que es posible realizar una comparación entre la vida de Fort y la cultura del boliche. Es decir, al igual que en una discoteca, para Ricardo Fort lo único importante fue vivir el hoy, el placer ahora. 

Una discoteca no puede tener pasado ya que debe mantenerse eternamente joven. Su objetivo es ser un mito, volverse inmortal y para esto debe transformarse en la meca de la innovación. Los boliches que no lo logran se inauguran, sobreviven estando de moda durante un tiempo, se reproducen cambiando su nombre y su público y finalmente mueren. 

En cierto sentido a Fort le sucedió lo mismo: nació un personaje el cual vino a rellenar un espacio, logró innovar durante algún tiempo, estuvo de moda, sufrió cambios y su carisma fue apagándose inexorablemente. Su esplendor fue fugaz y pronto llegó la decadencia física que lo llevó al final. 

La expectativa de vivir el presente y de ser admirado llevó a Fort y a muchos otros personajes mediatizados a rendir un culto al cuerpo en busca de una perfección que en muchos casos implica desafiar el designio de la naturaleza. Si el ejercicio físico no resulta suficiente para tonificar los músculos, se recurre al consumo de anabólicos, al aplique de siliconas y a lipoaspiraciones. En esta carrera sin fin, los medios de comunicación se plagan de mujeres infladas y hombres con hipertrofia. 

Los inicios del popular chocolatero estuvieron ligados intrínsecamente con esa cultura de la nightlife, de la diversión en la discoteca, del disfrute presente y del culto al cuerpo. El reality que lo llevó a la fama basaba su vida en los viajes a Miami y Europa, sus lujosas excentricidades, sus aventuras nocturnas y sus sesiones en el gimnasio. 

Este estilo de vida opulento, reservado para unos pocos fue un terreno extremadamente fértil para la televisión, especialmente para los programas “de chimentos”. Aunque excluyente para muchos de sus espectadores, la aparición de personajes como Fort o Charlotte Caniggia devela un aspecto sumamente atrayente de las elites económicas: sus facetas firmemente ligadas al consumo y al placer y sobre todo a la promesa de felicidad basada en la acumulación de objetos. 

Para describir este fenómeno, Beatriz Sarlo describió a los “coleccionistas al revés” que tienen deseos que no pueden ser conformados con objetos, porque siempre habrá un nuevo objeto que los llame. Estos coleccionistas coleccionan actos de compra-venta y sólo en el consumo en sí mismo, en el acto de comprar encuentran la satisfacción. 

Contrapuesto al hermetismo que suele rodear a los círculos y familias de los empresarios más poderosos, estos personajes rompieron los esquemas mostrando sin tapujos el nivel de vida al que pueden acceder. Probablemente este tipo de exhibición llegó a incomodar a sus propias familias, las cuales no deseaban la popularización de su apellido ni la asociación de su imagen de marca con este tipo de prácticas. 

No obstante el ansia de mostrarse pudo más que todo eso. Ricardo Fort tuvo varias advertencias de parte de su cuerpo a las cuales no le prestó atención. Desobedeciendo a los médicos que le aconsejaron reposo, muchas veces prefirió volver al programa de Tinelli estando en proceso de recuperación por sus operaciones. Este tipo de conducta permite inferir que su única forma de sentirse pleno era en tanto “estuviera en la tele”.

Como él, muchas personas sienten que aparecer en ese aparato es existir y en este sentido el programa de Marcelo Tinelli cumple una función fundamental. Adriana Amado definió a Showmatch como una “contienda por las miradas” en la que cada personaje disputaba al resto la presencia y el protagonismo en la pantalla. 

Aparecer allí significa tener entidad y al mismo tiempo la presencia al lado de Marcelo garantiza la permanencia en los programas satélites, los cuales reproducen los contenidos y retroalimentan los escandeletes de turno. 

Todo pasa por aparecer, porque aparecer incrementa el valor social en un ecosistema en el que la única forma de ser algo es aparentándolo. En esta contienda hay ganadores y perdedores, los que pierden pueden ganar en algún momento y los que ganan también pueden perder siendo condenados por su propio éxito. 

El caso de Fort fue el de un personaje intenso que terminó comiéndose a sí mismo. En definitiva, una víctima de su propio deseo. Un prisionero de un paraíso que terminó pareciéndose demasiado al infierno.

13 de agosto de 2013

Charlottecracia, entre el ser y el parecer

Por Alejandro Spagnoli 


“Me puse 130 de lolas para sentirme más sexy y madura”, comentó Charlotte Caniggia en una entrevista con la revista Gente. La nota ahonda también en los retoques de nariz y cintura que forman parte de la nueva silueta de la chica que fue uno de los personajes más desopilantes del Bailando por un Sueño del año pasado. 

Lejos de un acercamiento de tipo cholulo es interesante profundizar en lo que representa esta suerte de “tunning” del cuerpo humano en el que decide embarcarse una parte nada pequeña de la sociedad en general y de las mujeres en particular.

El concepto de belleza es una idea que va modificándose conforme al paso de los años. Marilyn Monroe fue y en cierta medida sigue siendo el paradigma de la belleza en occidente. Sin embargo, en los últimos años se ha impuesto la figura de Angelina Jolie como una de las más sexys del mundo. Claramente, estas dos mujeres tienen varias diferencias y probablemente en otras épocas no hubieran sido consideradas como las más bellas. 

El punto es que en el paradigma actual y para cierto sector de la cultura, la belleza tiene que ver con cierto estereotipo de mujer de exuberantes curvas. El poder de lo redondeado se encuentra en su apogeo y para comprobar su masividad basta con encender el televisor: casi en cualquier programa de cualquier canal se pueden apreciar mujeres con generosos escotes, importante bronceado y labios carnosos. El barroquismo de esta estética también es acompañado en la forma de vestir, el maquillaje o incluso en el lenguaje.

Los hombres y su moda no son ajenos a este fenómeno y la tendencia se extrapola también a los objetos, al consumo y al estilo de vida. En Argentina, el empresario Ricardo Fort quizás sea un buen ejemplo de lo recargado y de lo extravagante de la corriente. El magnate suele aparecer en la tv ostentando poderosas cadenas de oro y atuendos que además de caros suelen ser tremendamente llamativos por la vivacidad de sus colores o por el grosor de las pieles que utiliza. En su momento de mayor exposición, los informes con aspectos de la vida privada del chocolatero no pararon de pulular en todos los programas de chismes y “noticias”. Los lujos, los viajes a Miami Beach, las compras en los shoppings por miles de dólares, los brillosos diamantes, la abundancia de mujeres hermosas y los coches deportivos eran la temática principal de este tipo de notas.

Fort ha dejado de exponer tantos aspectos de su vida, sin embargo, el fenómeno sigue ahí. La pantalla, las revistas y la vida misma nos pone frente a un hardcore de la riqueza, un tipo de buena vida por demás opulenta, sobrecargada de cosas materiales y vacía de otros contenidos. El problema reside en que se cambia el “ser” por el “parecer” y para poder parecer es necesario “tener”. El “tener” es infinito por lo cual no hay límites para acumular bienes fomentando una sobrecarga de mercancías.

En este sentido, no es extraño que las “candidatas” a novias que Fort elegía a dedo –sin diferenciarlas de un atuendo– en el programa de Marcelo Tinelli fueran con prisa al quirófano para agrandarse los pechos y pulir ciertos aspectos físicos que no las tenían conformes. Es el mecanismo que les permite seguir formando parte del star system televisivo y a la vez seguir aumentando su valor social. 

El reggaetón, en su mayoría de grupos de Centroamérica, también forma parte de este tipo de cultura de la ostentación. En la mayor parte de los videoclips se aprecian mujeres muy voluptuosas sugerentemente vestidas en diversos ambientes como ser discotecas o playas paradisíacas. La exaltación del sexo, el alcohol, la fiesta y la diversión es dada tanto desde las letras de las canciones cómo desde el factor visual de estas producciones.

Un detalle interesante es destacar el papel de los automóviles. Los coches dejan de ser un simple elemento para movilizarse y se transforman en un elemento de poder, una figura de jerarquía y mientras más llamativo sea, mejor. Los autos pueden ser muy potentes y veloces sin la necesidad de apelar a la estética recargada, sin embargo no es extraño ver autos de colores estridentes y con morfología similar a la de algún tipo de nave futurista. Jean Baudrillard decía que la aleta del coche da la sensación de ser un organismo superior que vuela con sus propias alas y que el automóvil quita los signos de la naturaleza: su figura se parece cada vez más a la de un tiburón o a la de un pájaro. 

Todos estos mensajes emitidos fomentan el aspecto lúdico de la sociedad –el homo-ludens– provocando el deseo de poseer estos objetos que simbolizan a la felicidad. El problema surge cuando la diversión y el aspecto lúdico de todo ser humano se fusiona con todas las demás esferas de la vida cotidiana. En consecuencia, se pretenderá vivir siempre en un estado de ocio y de excesivos placeres mundanos: un hedonismo al que la mayoría de las personas que habitan este planeta no podrá acceder. 

En la década del 90, nuestro país fue testigo del nacimiento de la ostentación que en la actualidad se ha vuelto casi pornográfica. Las cirugías plásticas, el culto al cuerpo y la frivolidad se convirtió en moneda corriente, sin embargo, aquel lema noventoso de la “pizza con champagne” caracterizador de la ola de nuevos ricos no se ha extinguido. Por el contrario, en la actualidad se puede hablar de una mutación al “sushi con shampein”; es decir, la incorporación de prácticas de las culturas de elite que por determinados motivos acaban por vulgarizarse. 

La televisación de los altos lujos y la diversión de los sectores más acomodados no hace más que fomentar el deseo de estrellato y progreso veloz y al mismo tiempo profundiza las diferencias entre diversos sectores. La brecha se eleva de forma exponencial al banalizar los consumos de las elites. El pensamiento de la Escuela de Frankfurt da cuenta de este fenómeno cuando afirma que “la industria cultural defrauda continuamente a sus consumidores respecto de aquello que les promete”. En esta corriente de pensamiento, al exponer el objeto de deseo no se hace más que excitar el placer preliminar no sublimado. Tal vez pecando de apocalípticos afirman que toda situación erótica lleva consigo la advertencia de que no debe cumplirse jamás. 

Volviendo al contexto nacional, se puede decir que esta suerte de “neomenemismo cultural” se manifiesta de diferentes maneras en la vida cotidiana. Como fue mencionado al comienzo, las novias de los nuevos ricos merecen un espacio importante en este sentido. No es extraño ver cómo las “chicas del momento” que se ponen en pareja con un futbolista o empresario de renombre corren al quirófano para empezar un proceso de remodelación que no se sabe en qué momento terminará. Luego de la cirugía plástica vendrá la tapa en la revista y la exposición televisiva, cuando este proceso comienza a agotarse se producirá el escándalo por la separación o una nueva cirugía que reavivará el ciclo. 

La espectacularización de casi todas las esferas de la vida es un factor importante en la cultura actual. De este modo se hace show de casi todo. Los programas periodísticos que salen a recorrer la noche bonaerense muestran una realidad de descontrol y violencia con objetivos comerciales, a años luz de buscar una concientización real sobre el problema. La corrupción se transforma también en espectáculo y la cámara oculta es su amiga inseparable: investigaciones periodísticas que muestran estafas a ciudadanos comunes a los que se les promete “el oro y el moro” para luego realizar el encuentro cara a cara entre el periodista (el justiciero) y el estafador.

En los últimos meses, la investigación del periodista Jorge Lanata sacudió a buena parte de la sociedad tanto en contra como a favor. La cámara oculta que mostró a Leonardo Fariña dando información clasificada acerca de maniobras financieras fue uno de los condimentos más polémicos. Lo interesante es ver cómo los medios de comunicación tendieron a farandulizar el tema: se comenzó a hablar de la pelea entre las hermanas Iliana y Marina Calabró, el estado de salud de su padre o la relación entre Fariña y Karina Jelinek. 

Asistimos entonces al espectáculo de la corrupción en donde lo importante no es saber si la acusación es cierta o no, ya que se pone el ojo en los pormenores, en los detalles familiares, en el chisme, en el “mirar por el ojo de la cerradura”.

Sospechas de corrupción, asesinatos, peleas entre vedettes, inflación, todos los temas pueden ser tratados con igual liviandad. En cualquier programa de chimentos se forma un panel con voces de la materia y se improvisa un debate en donde la opinión se basa únicamente en lo expuesto por el generador del contenido. Este mismo panel es la arena en donde se hace show de todo: de la muerte, de la vida, de lo grave y de lo insulso.

El espectáculo comienza desde lo que se dice, pasando por las coloridas camisas o incluso los sacos satinados que usan los “expertos” y llegando a los indisimulables rasgos que dejan el botox y demás cirugías plásticas. 

Volviendo a la frase inicial, en la Charlottecracia las siliconas cumplen el rol de una armadura. Es decir, se rellena con plástico allí en donde hay una inseguridad. Pero no sólo es función del plástico la de llenar espacios vacíos. En la sociedad de consumo, todo lo “cósico” es una promesa: la indumentaria, los electrodomésticos, las computadoras, las pantallas LED cada vez con mayor resolución, los celulares y su interminable progreso tecnológico.

Se cree que se compran objetos pero se están comprando ilusiones. Y se están vendiendo ilusiones, lo que está en juego es el formidable poder de lo simbólico, de la connotación. Lo inquietante de este mecanismo es que produce una sensación de insatisfacción casi inmediata, por lo tanto, la necesidad de seguir adquiriendo “partes para la armadura” nunca termina. En esa loca carrera se puede llegar, en el mejor de los casos a la bizarra figura de las fosforescentes hermanas Xipolitakis pero en el peor de los casos a la locura, a la enfermedad. 

Es, por lo menos, complejo en una Charlottecracia desear volver a paradigmas anteriores. Sobre todo si se tiene en cuenta que los ambientes festivos también se encuentran asociados con este tipo de mensajes. Durante las fiestas en los boliches y los momentos de ocio de los más jóvenes se apela a las figuras antes mencionadas desde la música, el sexo, el alcohol y la publicidad. Sería más razonable plantear la necesidad de saber a lo que uno se enfrenta cuando se le ofrece contenidos de este tipo para poder, en todo caso, tomarlo o dejarlo. En esencia, tratar de no perder la propia libertad.

2 de diciembre de 2012

Y sin embargo se mueve...

Por Alejandro Spagnoli 


Un viejo refrán dice que las reglas se hicieron para romperse. La parte más sombría de la frase esconde el germen del desastre y el caos pero yendo al fondo de la cuestión se puede decir que no siempre es saludable acatar lo establecido. El planeta entero funciona mediante reglamentos y leyes que fueron hechos por los seres humanos para poder controlar los actos de otros seres humanos. 

La finalidad de las reglas es mantener la vida en sociedad dentro de un margen predecible para lograr de ese modo la convivencia armoniosa en el mundo. Sería imposible vivir sin un código de normas, en un lugar donde cada quien hiciera lo que le parezca o le convenga. Como resultado, se ha inventado un mecanismo en el cual es necesario adecuarse a las normas y los que no lo hagan corren el riesgo de ser condenados. 

Las formas de condenar a quienes se salen del molde pueden variar dependiendo de la gravedad del acto. Un ladrón puede ser encarcelado y una persona que no encaja con los intereses o las ideas de la mayoría puede ser tildada de “rara” y ser excluida de los círculos sociales. En este sentido, se pueden distinguir dos formas de castigo: la condena del estado y la condena social. 

No es casual el auge de la tendencia de “encajar”, al contrario, existe como producto del miedo a la marginación social y el miedo al rechazo. Nuestra sociedad funciona mediante estereotipos que son asignados rápidamente y una vez otorgados se hace muy difícil poder revertirlos. 

El escritor estadounidense, Walter Lippmann, afirmó que los medios refuerzan los estereotipos sociales y este refuerzo fomenta la prevalencia de ciertas ideas en la sociedad. De este modo, los estereotipos reforzados por los medios de comunicación se convierten en una forma de control social. Los medios y sus mensajes contribuyen a establecer el parámetro de lo que es deseable o indeseable. 

De esa forma, el juicio penal y el juicio social se transforman en los perros guardianes de las leyes, todo lo que no esté contemplado por el código civil o por las ideas sociales dominantes será tildado de ingrato y de ser necesario, recibirá su castigo. 

Volviendo al punto de partida, las leyes son fundamentales para mantener la vida como la conocemos pero no siempre es conveniente seguirlas al pie de la letra. Como prueba basta con pensar que los avances más importantes de la historia se produjeron por personajes que se atrevieron a desafiar de alguna manera a las reglas de su época. 

El eminente astrónomo, Galileo Galilei, quizás sea uno de los ejemplos más fuertes del cuestionamiento del orden impuesto. Su descubrimiento hizo añicos todas las teorías de la época y por este motivo tuvo que enfrentarse con la Santa Inquisición de la Iglesia Católica Romana. Mediante el método científico Galileo pudo afirmar que la Tierra y el resto de los planetas giraban alrededor del Sol. No obstante, este descubrimiento entró en choque con las creencias de la época medieval y le costó numerosos ataques que culminaron en una condena a prisión perpetua. 

Se dice que luego de que Galileo fue obligado a renegar de sus ideas pronunció la célebre frase: “Eppur si muove” (Y sin embargo se mueve). Desafiar las reglas es revolucionario y temerario en épocas dogmáticas pero es tremendamente necesario para poder llegar a conocer mejor el mundo en que vivimos. 

Más acá en la historia, Henry Ford también revolucionó el mercado automovilístico y la industria de Estados Unidos. Su prototipo de motor V8 de ocho cilindros en un solo bloque fue una de sus más grandes contribuciones. Antes de poder crearlo, los ingenieros le habían indicado que era imposible de lograr. Ford no se rindió y a pesar de que durante varios años no logró el objetivo pidió a los ingenieros que siguieran intentando hasta que lo consiguieran. Después de numerosos fracasos, todas las piezas encajaron y el sueño de Ford se hizo realidad. 

En cierto modo tuvo que rebelarse a lo establecido. Tuvo que renegar contra quienes no confiaban en él y le repetían a todas voces que su idea era una locura. Tuvo que ir contra la corriente que lo tildaba de inculto y poco razonable. Su extraordinaria confianza pudo vencer todos los obstáculos y logró cambios enormes en la forma en que vivimos.

Las normas pueden ser relacionadas en cierto modo con la represión del deseo. Las personas reprimen sus pulsiones para poder vivir pacíficamente en sociedad pero muchas veces lo hacen también para complacer a otros o por temor a lo que los demás pueden pensar.

Según Freud, la represión del deseo forma parte del inconciente pero esta energía pulsional intenta regresar a la parte conciente de las personas y lo hace mediante sueños, actos fallidos, síntomas o lapsus. En su obra “El malestar en la cultura” expuso que se genera una contradicción entre la cultura y los deseos más instintivos de los seres humanos ya que las normas restringen estas pulsiones generando insatisfacción. 

Pensar en la cantidad de trabas que nos ponemos a nosotros mismos es casi igual de frustrante. Cada falta de respeto que soportamos, cada oportunidad no aprovechada, cada idea callada, cada sueño postergado… todo es parte de nuestros impulsos y la mayoría de las veces decidimos reprimirlos en visión de un beneficio que a futuro creemos mejor. La paradoja es que terminamos posponiendo lo que nos hace únicos y lo resignamos por ser una copia más de las cientos que circulan por las calles. La elección está muy lejos de ser casual: ser igual a otros puede ser aburrido, pero es también más seguro y confortable, esa es la trampa en la que muchos pueden caer. 

Desafiar las creencias de la mayoría es nadar contra la corriente. La sociedad va a tratar de sofocar los intentos de diferenciarse aislando, ninguneando y apartando. Ejemplos como estos pululan cada día en cada ámbito: los adolescentes que se visten diferente, los niños que no ven el programa que a todo el resto le gusta, los que gustan más de estudiar que de jugar a la pelota son burlados sistemáticamente. 

En el mundo adulto el mecanismo se vuelve más sutil. Tal vez esa sutileza tenga que ver con que el estadio más duro del proceso ya rindió sus frutos en la niñez y adolescencia. Justamente en el momento en que somos más receptivos a todo lo que recibimos desde afuera, es ahí cuando nos moldean llenándonos de valoraciones y mandatos. Como resultado, las personas mayores aprenden a encajar con lo que es deseable para evitar lo que alguna vez pudo causar sufrimiento. Es inquietante llegar a la conclusión de que la mayoría de los adultos dejamos morir la creatividad propia a manos de las reglas impuestas por la sociedad. 

La temática de las reglas también se ve reflejada sutilmente en la ficción. La serie Dr. House tiene como protagonista a un médico muy poco ortodoxo, el cual no reprime sus bajezas. Su egoísmo y su fría manera de ser lo vuelven totalmente desagradable pero al mismo tiempo son los factores que lo hacen diferente al resto y lo convierten en una eminencia y en una experiencia enriquecedora para sus colegas. Resulta paradójico que lo mismo que lo hace repulsivo lo llene de un magnetismo especial que logra atraer y llamar la atención. 

El quiebre del estereotipo del médico políticamente correcto es la fuente del carisma del Dr. House. Muchas veces quienes se atreven a ser distintos generan cierta admiración en otras personas que se reprimen mucho más de lo que quisieran. Eso explica el éxito de la serie. Evidentemente, así como no se puede gustar a todo el mundo, tampoco es posible caer mal a todos. Los que se atrevan a ser originales y a desafiar las reglas podrán conseguir muchos enemigos pero en el camino conseguirán también personas que concuerden con su modo de actuar.

En la película The Dark Knight, el personaje del Joker es un criminal con una filosofía que reniega de las reglas y lo establecido. Los actos criminales que realiza durante todo el filme tienen el objetivo de sacar a la policía y a Batman de los esquemas tradicionales. “Ellos son maniobreros tratando de controlar sus pequeños mundos”, es una de sus frases más significativas de la película en este sentido. Durante toda la trama, el personaje trata de demostrar lo inútiles que son los intentos de la policía de poder controlar algo. 

El mismo Joker se define como un “agente del caos” y pese a ser un criminal con un evidente desequilibrio mental posee una fuerza seductora muy grande. El secreto de su encanto puede residir en los deseos reprimidos de la gente. El Joker pone de manifiesto lo inútil que es intentar predecir las cosas, la cruda realidad es que no es posible controlar nada. Un plan puede ser perfecto y fallar, la decisión tomada puede ser correcta al mismo tiempo que arruina las cosas, se puede hacer todo bien y obtener un resultado adverso. Siempre habrá la posibilidad de perder el control. Los planes y las reglas pueden ayudar pero volverse un esclavo de ellos es transformarse en un ente que es pensado por otros, que vive de acuerdo a otros, que hace lo que otros quieren que haga.

Uno de los problemas que se presenta al seguir este razonamiento es el de delimitar hasta qué punto se deben controlar las cosas. En la medida en que no hay un control total, siempre habrá margen para que ocurra lo imprevisto y en esa imprevisión pueden ocurrir cosas desagradables. Es decir que para prever todo debería haber un control total. ¿Qué clase de vida puede haber en una sociedad que al estilo Gran Hermano se vigilan absolutamente todas las acciones y pensamientos? 

Muchas veces lo más valioso es dejar un mensaje. Los días pasan y se convierten en años, en ese transcurso conocemos muchas personas, algunas se quedan y otras se van. Todo se reduce a pensar qué intercambio se produjo, qué les dejamos y qué nos dejaron. ¿Hubo algo para destacar o permitimos que el esquema de las reglas y la rutina deje un recuerdo indiferente, nada distinto de los miles que vienen y van? 

Para dejar una huella, para cambiar las cosas y enriquecerlas es necesario ir más allá, salirse del paradigma. Se debe confrontar con lo que llevamos dentro y ocultamos por miedo o dolor pasado. A veces un mensaje es lo más importante que podemos provocar en los demás y en nosotros mismos. 

Si es verdad que una cuota razonable de normas nos permite vivir en armonía, también es real que un exceso de reglas nos quitaría lo que nos hace únicos. Con un control total seríamos una producción en serie de copias. No habría ninguna diferencia entre una persona y un objeto, tanto la mercancía como el ser humano terminarían siendo fabricados bajo criterios bien específicos. Seríamos despojados de toda individualidad, de toda originalidad. Seríamos un conjunto de hojas en blanco incapaces de razonar de forma autónoma. 

El desafío es vivir sin traicionarse a uno mismo. La ausencia o la presencia total de reglas termina siendo una catástrofe de iguales magnitudes, el secreto es vivir aceptando que la libertad propia depende de la libertad de los otros y sabiendo que a veces es necesario ir más allá de lo que cree el resto. Una persona que sabe lo que quiere y se atreve a ser diferente es suficiente para cambiar las cosas para siempre.