2 de diciembre de 2012

Y sin embargo se mueve...

Por Alejandro Spagnoli 


Un viejo refrán dice que las reglas se hicieron para romperse. La parte más sombría de la frase esconde el germen del desastre y el caos pero yendo al fondo de la cuestión se puede decir que no siempre es saludable acatar lo establecido. El planeta entero funciona mediante reglamentos y leyes que fueron hechos por los seres humanos para poder controlar los actos de otros seres humanos. 

La finalidad de las reglas es mantener la vida en sociedad dentro de un margen predecible para lograr de ese modo la convivencia armoniosa en el mundo. Sería imposible vivir sin un código de normas, en un lugar donde cada quien hiciera lo que le parezca o le convenga. Como resultado, se ha inventado un mecanismo en el cual es necesario adecuarse a las normas y los que no lo hagan corren el riesgo de ser condenados. 

Las formas de condenar a quienes se salen del molde pueden variar dependiendo de la gravedad del acto. Un ladrón puede ser encarcelado y una persona que no encaja con los intereses o las ideas de la mayoría puede ser tildada de “rara” y ser excluida de los círculos sociales. En este sentido, se pueden distinguir dos formas de castigo: la condena del estado y la condena social. 

No es casual el auge de la tendencia de “encajar”, al contrario, existe como producto del miedo a la marginación social y el miedo al rechazo. Nuestra sociedad funciona mediante estereotipos que son asignados rápidamente y una vez otorgados se hace muy difícil poder revertirlos. 

El escritor estadounidense, Walter Lippmann, afirmó que los medios refuerzan los estereotipos sociales y este refuerzo fomenta la prevalencia de ciertas ideas en la sociedad. De este modo, los estereotipos reforzados por los medios de comunicación se convierten en una forma de control social. Los medios y sus mensajes contribuyen a establecer el parámetro de lo que es deseable o indeseable. 

De esa forma, el juicio penal y el juicio social se transforman en los perros guardianes de las leyes, todo lo que no esté contemplado por el código civil o por las ideas sociales dominantes será tildado de ingrato y de ser necesario, recibirá su castigo. 

Volviendo al punto de partida, las leyes son fundamentales para mantener la vida como la conocemos pero no siempre es conveniente seguirlas al pie de la letra. Como prueba basta con pensar que los avances más importantes de la historia se produjeron por personajes que se atrevieron a desafiar de alguna manera a las reglas de su época. 

El eminente astrónomo, Galileo Galilei, quizás sea uno de los ejemplos más fuertes del cuestionamiento del orden impuesto. Su descubrimiento hizo añicos todas las teorías de la época y por este motivo tuvo que enfrentarse con la Santa Inquisición de la Iglesia Católica Romana. Mediante el método científico Galileo pudo afirmar que la Tierra y el resto de los planetas giraban alrededor del Sol. No obstante, este descubrimiento entró en choque con las creencias de la época medieval y le costó numerosos ataques que culminaron en una condena a prisión perpetua. 

Se dice que luego de que Galileo fue obligado a renegar de sus ideas pronunció la célebre frase: “Eppur si muove” (Y sin embargo se mueve). Desafiar las reglas es revolucionario y temerario en épocas dogmáticas pero es tremendamente necesario para poder llegar a conocer mejor el mundo en que vivimos. 

Más acá en la historia, Henry Ford también revolucionó el mercado automovilístico y la industria de Estados Unidos. Su prototipo de motor V8 de ocho cilindros en un solo bloque fue una de sus más grandes contribuciones. Antes de poder crearlo, los ingenieros le habían indicado que era imposible de lograr. Ford no se rindió y a pesar de que durante varios años no logró el objetivo pidió a los ingenieros que siguieran intentando hasta que lo consiguieran. Después de numerosos fracasos, todas las piezas encajaron y el sueño de Ford se hizo realidad. 

En cierto modo tuvo que rebelarse a lo establecido. Tuvo que renegar contra quienes no confiaban en él y le repetían a todas voces que su idea era una locura. Tuvo que ir contra la corriente que lo tildaba de inculto y poco razonable. Su extraordinaria confianza pudo vencer todos los obstáculos y logró cambios enormes en la forma en que vivimos.

Las normas pueden ser relacionadas en cierto modo con la represión del deseo. Las personas reprimen sus pulsiones para poder vivir pacíficamente en sociedad pero muchas veces lo hacen también para complacer a otros o por temor a lo que los demás pueden pensar.

Según Freud, la represión del deseo forma parte del inconciente pero esta energía pulsional intenta regresar a la parte conciente de las personas y lo hace mediante sueños, actos fallidos, síntomas o lapsus. En su obra “El malestar en la cultura” expuso que se genera una contradicción entre la cultura y los deseos más instintivos de los seres humanos ya que las normas restringen estas pulsiones generando insatisfacción. 

Pensar en la cantidad de trabas que nos ponemos a nosotros mismos es casi igual de frustrante. Cada falta de respeto que soportamos, cada oportunidad no aprovechada, cada idea callada, cada sueño postergado… todo es parte de nuestros impulsos y la mayoría de las veces decidimos reprimirlos en visión de un beneficio que a futuro creemos mejor. La paradoja es que terminamos posponiendo lo que nos hace únicos y lo resignamos por ser una copia más de las cientos que circulan por las calles. La elección está muy lejos de ser casual: ser igual a otros puede ser aburrido, pero es también más seguro y confortable, esa es la trampa en la que muchos pueden caer. 

Desafiar las creencias de la mayoría es nadar contra la corriente. La sociedad va a tratar de sofocar los intentos de diferenciarse aislando, ninguneando y apartando. Ejemplos como estos pululan cada día en cada ámbito: los adolescentes que se visten diferente, los niños que no ven el programa que a todo el resto le gusta, los que gustan más de estudiar que de jugar a la pelota son burlados sistemáticamente. 

En el mundo adulto el mecanismo se vuelve más sutil. Tal vez esa sutileza tenga que ver con que el estadio más duro del proceso ya rindió sus frutos en la niñez y adolescencia. Justamente en el momento en que somos más receptivos a todo lo que recibimos desde afuera, es ahí cuando nos moldean llenándonos de valoraciones y mandatos. Como resultado, las personas mayores aprenden a encajar con lo que es deseable para evitar lo que alguna vez pudo causar sufrimiento. Es inquietante llegar a la conclusión de que la mayoría de los adultos dejamos morir la creatividad propia a manos de las reglas impuestas por la sociedad. 

La temática de las reglas también se ve reflejada sutilmente en la ficción. La serie Dr. House tiene como protagonista a un médico muy poco ortodoxo, el cual no reprime sus bajezas. Su egoísmo y su fría manera de ser lo vuelven totalmente desagradable pero al mismo tiempo son los factores que lo hacen diferente al resto y lo convierten en una eminencia y en una experiencia enriquecedora para sus colegas. Resulta paradójico que lo mismo que lo hace repulsivo lo llene de un magnetismo especial que logra atraer y llamar la atención. 

El quiebre del estereotipo del médico políticamente correcto es la fuente del carisma del Dr. House. Muchas veces quienes se atreven a ser distintos generan cierta admiración en otras personas que se reprimen mucho más de lo que quisieran. Eso explica el éxito de la serie. Evidentemente, así como no se puede gustar a todo el mundo, tampoco es posible caer mal a todos. Los que se atrevan a ser originales y a desafiar las reglas podrán conseguir muchos enemigos pero en el camino conseguirán también personas que concuerden con su modo de actuar.

En la película The Dark Knight, el personaje del Joker es un criminal con una filosofía que reniega de las reglas y lo establecido. Los actos criminales que realiza durante todo el filme tienen el objetivo de sacar a la policía y a Batman de los esquemas tradicionales. “Ellos son maniobreros tratando de controlar sus pequeños mundos”, es una de sus frases más significativas de la película en este sentido. Durante toda la trama, el personaje trata de demostrar lo inútiles que son los intentos de la policía de poder controlar algo. 

El mismo Joker se define como un “agente del caos” y pese a ser un criminal con un evidente desequilibrio mental posee una fuerza seductora muy grande. El secreto de su encanto puede residir en los deseos reprimidos de la gente. El Joker pone de manifiesto lo inútil que es intentar predecir las cosas, la cruda realidad es que no es posible controlar nada. Un plan puede ser perfecto y fallar, la decisión tomada puede ser correcta al mismo tiempo que arruina las cosas, se puede hacer todo bien y obtener un resultado adverso. Siempre habrá la posibilidad de perder el control. Los planes y las reglas pueden ayudar pero volverse un esclavo de ellos es transformarse en un ente que es pensado por otros, que vive de acuerdo a otros, que hace lo que otros quieren que haga.

Uno de los problemas que se presenta al seguir este razonamiento es el de delimitar hasta qué punto se deben controlar las cosas. En la medida en que no hay un control total, siempre habrá margen para que ocurra lo imprevisto y en esa imprevisión pueden ocurrir cosas desagradables. Es decir que para prever todo debería haber un control total. ¿Qué clase de vida puede haber en una sociedad que al estilo Gran Hermano se vigilan absolutamente todas las acciones y pensamientos? 

Muchas veces lo más valioso es dejar un mensaje. Los días pasan y se convierten en años, en ese transcurso conocemos muchas personas, algunas se quedan y otras se van. Todo se reduce a pensar qué intercambio se produjo, qué les dejamos y qué nos dejaron. ¿Hubo algo para destacar o permitimos que el esquema de las reglas y la rutina deje un recuerdo indiferente, nada distinto de los miles que vienen y van? 

Para dejar una huella, para cambiar las cosas y enriquecerlas es necesario ir más allá, salirse del paradigma. Se debe confrontar con lo que llevamos dentro y ocultamos por miedo o dolor pasado. A veces un mensaje es lo más importante que podemos provocar en los demás y en nosotros mismos. 

Si es verdad que una cuota razonable de normas nos permite vivir en armonía, también es real que un exceso de reglas nos quitaría lo que nos hace únicos. Con un control total seríamos una producción en serie de copias. No habría ninguna diferencia entre una persona y un objeto, tanto la mercancía como el ser humano terminarían siendo fabricados bajo criterios bien específicos. Seríamos despojados de toda individualidad, de toda originalidad. Seríamos un conjunto de hojas en blanco incapaces de razonar de forma autónoma. 

El desafío es vivir sin traicionarse a uno mismo. La ausencia o la presencia total de reglas termina siendo una catástrofe de iguales magnitudes, el secreto es vivir aceptando que la libertad propia depende de la libertad de los otros y sabiendo que a veces es necesario ir más allá de lo que cree el resto. Una persona que sabe lo que quiere y se atreve a ser diferente es suficiente para cambiar las cosas para siempre.