28 de noviembre de 2013

Sin Fort, el show debe continuar

Por Alejandro Spagnoli



Ricardo Fort era muy televisivo. Paradójicamente, desde hace tiempo su aparición en los medios tenía que ver con aspectos que su dinero no podía comprar. Si durante el comienzo de su vida mediática el magnate atrapó a grandes audiencias por su llamativo e intenso estilo de vida, en los últimos meses sus presencias tuvieron que ver más con su sufrimiento físico, el cual desencadenó en su muerte inesperada.

El personaje de Fort estaba basado fuertemente en la diversión y en el disfrute del presente. Esta faceta de su personalidad fue tan intensa que es posible realizar una comparación entre la vida de Fort y la cultura del boliche. Es decir, al igual que en una discoteca, para Ricardo Fort lo único importante fue vivir el hoy, el placer ahora. 

Una discoteca no puede tener pasado ya que debe mantenerse eternamente joven. Su objetivo es ser un mito, volverse inmortal y para esto debe transformarse en la meca de la innovación. Los boliches que no lo logran se inauguran, sobreviven estando de moda durante un tiempo, se reproducen cambiando su nombre y su público y finalmente mueren. 

En cierto sentido a Fort le sucedió lo mismo: nació un personaje el cual vino a rellenar un espacio, logró innovar durante algún tiempo, estuvo de moda, sufrió cambios y su carisma fue apagándose inexorablemente. Su esplendor fue fugaz y pronto llegó la decadencia física que lo llevó al final. 

La expectativa de vivir el presente y de ser admirado llevó a Fort y a muchos otros personajes mediatizados a rendir un culto al cuerpo en busca de una perfección que en muchos casos implica desafiar el designio de la naturaleza. Si el ejercicio físico no resulta suficiente para tonificar los músculos, se recurre al consumo de anabólicos, al aplique de siliconas y a lipoaspiraciones. En esta carrera sin fin, los medios de comunicación se plagan de mujeres infladas y hombres con hipertrofia. 

Los inicios del popular chocolatero estuvieron ligados intrínsecamente con esa cultura de la nightlife, de la diversión en la discoteca, del disfrute presente y del culto al cuerpo. El reality que lo llevó a la fama basaba su vida en los viajes a Miami y Europa, sus lujosas excentricidades, sus aventuras nocturnas y sus sesiones en el gimnasio. 

Este estilo de vida opulento, reservado para unos pocos fue un terreno extremadamente fértil para la televisión, especialmente para los programas “de chimentos”. Aunque excluyente para muchos de sus espectadores, la aparición de personajes como Fort o Charlotte Caniggia devela un aspecto sumamente atrayente de las elites económicas: sus facetas firmemente ligadas al consumo y al placer y sobre todo a la promesa de felicidad basada en la acumulación de objetos. 

Para describir este fenómeno, Beatriz Sarlo describió a los “coleccionistas al revés” que tienen deseos que no pueden ser conformados con objetos, porque siempre habrá un nuevo objeto que los llame. Estos coleccionistas coleccionan actos de compra-venta y sólo en el consumo en sí mismo, en el acto de comprar encuentran la satisfacción. 

Contrapuesto al hermetismo que suele rodear a los círculos y familias de los empresarios más poderosos, estos personajes rompieron los esquemas mostrando sin tapujos el nivel de vida al que pueden acceder. Probablemente este tipo de exhibición llegó a incomodar a sus propias familias, las cuales no deseaban la popularización de su apellido ni la asociación de su imagen de marca con este tipo de prácticas. 

No obstante el ansia de mostrarse pudo más que todo eso. Ricardo Fort tuvo varias advertencias de parte de su cuerpo a las cuales no le prestó atención. Desobedeciendo a los médicos que le aconsejaron reposo, muchas veces prefirió volver al programa de Tinelli estando en proceso de recuperación por sus operaciones. Este tipo de conducta permite inferir que su única forma de sentirse pleno era en tanto “estuviera en la tele”.

Como él, muchas personas sienten que aparecer en ese aparato es existir y en este sentido el programa de Marcelo Tinelli cumple una función fundamental. Adriana Amado definió a Showmatch como una “contienda por las miradas” en la que cada personaje disputaba al resto la presencia y el protagonismo en la pantalla. 

Aparecer allí significa tener entidad y al mismo tiempo la presencia al lado de Marcelo garantiza la permanencia en los programas satélites, los cuales reproducen los contenidos y retroalimentan los escandeletes de turno. 

Todo pasa por aparecer, porque aparecer incrementa el valor social en un ecosistema en el que la única forma de ser algo es aparentándolo. En esta contienda hay ganadores y perdedores, los que pierden pueden ganar en algún momento y los que ganan también pueden perder siendo condenados por su propio éxito. 

El caso de Fort fue el de un personaje intenso que terminó comiéndose a sí mismo. En definitiva, una víctima de su propio deseo. Un prisionero de un paraíso que terminó pareciéndose demasiado al infierno.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy buena nota, él último parrafo resume todo.

La única critica: "Discoteca", no se usa ese termino hace 30 años, pone boliche, cheboli, etc.

Saludos