13 de agosto de 2013

Entre el ser y el parecer

Por Alejandro Spagnoli 



“Me puse 130 de lolas para sentirme más sexy y madura”, comentó Charlotte Caniggia en una entrevista con la revista Gente. La nota ahonda también en los retoques de nariz y cintura que forman parte de la nueva silueta de la chica que fue uno de los personajes más desopilantes del Bailando por un Sueño del año pasado. 

Lejos de un acercamiento de tipo cholulo es interesante profundizar en lo que representa esta suerte de “tunning” del cuerpo humano en el que decide embarcarse una parte nada pequeña de la sociedad en general y de las mujeres en particular.

El concepto de belleza es una idea que va modificándose conforme al paso de los años. Marilyn Monroe fue y en cierta medida sigue siendo el paradigma de la belleza en occidente. Sin embargo, en los últimos años se ha impuesto la figura de Angelina Jolie como una de las más sexys del mundo. Claramente, estas dos mujeres tienen varias diferencias y probablemente en otras épocas no hubieran sido consideradas como las más bellas. 

El punto es que en el paradigma actual y para cierto sector de la cultura, la belleza tiene que ver con cierto estereotipo de mujer de exuberantes curvas. El poder de lo redondeado se encuentra en su apogeo y para comprobar su masividad basta con encender el televisor: casi en cualquier programa de cualquier canal se pueden apreciar mujeres con generosos escotes, importante bronceado y labios carnosos. El barroquismo de esta estética también es acompañado en la forma de vestir, el maquillaje o incluso en el lenguaje.

Los hombres y su moda no son ajenos a este fenómeno y la tendencia se extrapola también a los objetos, al consumo y al estilo de vida. En Argentina, el empresario Ricardo Fort quizás sea un buen ejemplo de lo recargado y de lo extravagante de la corriente. El magnate suele aparecer en la tv ostentando poderosas cadenas de oro y atuendos que además de caros suelen ser tremendamente llamativos por la vivacidad de sus colores o por el grosor de las pieles que utiliza. En su momento de mayor exposición, los informes con aspectos de la vida privada del chocolatero no pararon de pulular en todos los programas de chismes y “noticias”. Los lujos, los viajes a Miami Beach, las compras en los shoppings por miles de dólares, los brillosos diamantes, la abundancia de mujeres hermosas y los coches deportivos eran la temática principal de este tipo de notas.

Fort ha dejado de exponer tantos aspectos de su vida, sin embargo, el fenómeno sigue ahí. La pantalla, las revistas y la vida misma nos pone frente a un hardcore de la riqueza, un tipo de buena vida por demás opulenta, sobrecargada de cosas materiales y vacía de otros contenidos. El problema reside en que se cambia el “ser” por el “parecer” y para poder parecer es necesario “tener”. El “tener” es infinito por lo cual no hay límites para acumular bienes fomentando una sobrecarga de mercancías.

En este sentido, no es extraño que las “candidatas” a novias que Fort elegía a dedo –sin diferenciarlas de un atuendo– en el programa de Marcelo Tinelli fueran con prisa al quirófano para agrandarse los pechos y pulir ciertos aspectos físicos que no las tenían conformes. Es el mecanismo que les permite seguir formando parte del star system televisivo y a la vez seguir aumentando su valor social. 

El reggaetón, en su mayoría de grupos de Centroamérica, también forma parte de este tipo de cultura de la ostentación. En la mayor parte de los videoclips se aprecian mujeres muy voluptuosas sugerentemente vestidas en diversos ambientes como ser discotecas o playas paradisíacas. La exaltación del sexo, el alcohol, la fiesta y la diversión es dada tanto desde las letras de las canciones cómo desde el factor visual de estas producciones.

Un detalle interesante es destacar el papel de los automóviles. Los coches dejan de ser un simple elemento para movilizarse y se transforman en un elemento de poder, una figura de jerarquía y mientras más llamativo sea, mejor. Los autos pueden ser muy potentes y veloces sin la necesidad de apelar a la estética recargada, sin embargo no es extraño ver autos de colores estridentes y con morfología similar a la de algún tipo de nave futurista. Jean Baudrillard decía que la aleta del coche da la sensación de ser un organismo superior que vuela con sus propias alas y que el automóvil quita los signos de la naturaleza: su figura se parece cada vez más a la de un tiburón o a la de un pájaro. 

Todos estos mensajes emitidos fomentan el aspecto lúdico de la sociedad –el homo-ludens– provocando el deseo de poseer estos objetos que simbolizan a la felicidad. El problema surge cuando la diversión y el aspecto lúdico de todo ser humano se fusiona con todas las demás esferas de la vida cotidiana. En consecuencia, se pretenderá vivir siempre en un estado de ocio y de excesivos placeres mundanos: un hedonismo al que la mayoría de las personas que habitan este planeta no podrá acceder. 

En la década del 90, nuestro país fue testigo del nacimiento de la ostentación que en la actualidad se ha vuelto casi pornográfica. Las cirugías plásticas, el culto al cuerpo y la frivolidad se convirtió en moneda corriente, sin embargo, aquel lema noventoso de la “pizza con champagne” caracterizador de la ola de nuevos ricos no se ha extinguido. Por el contrario, en la actualidad se puede hablar de una mutación al “sushi con shampein”; es decir, la incorporación de prácticas de las culturas de elite que por determinados motivos acaban por vulgarizarse. 

La televisación de los altos lujos y la diversión de los sectores más acomodados no hace más que fomentar el deseo de estrellato y progreso veloz y al mismo tiempo profundiza las diferencias entre diversos sectores. La brecha se eleva de forma exponencial al banalizar los consumos de las elites. El pensamiento de la Escuela de Frankfurt da cuenta de este fenómeno cuando afirma que “la industria cultural defrauda continuamente a sus consumidores respecto de aquello que les promete”. En esta corriente de pensamiento, al exponer el objeto de deseo no se hace más que excitar el placer preliminar no sublimado. Tal vez pecando de apocalípticos afirman que toda situación erótica lleva consigo la advertencia de que no debe cumplirse jamás. 

Volviendo al contexto nacional, se puede decir que esta suerte de “neomenemismo cultural” se manifiesta de diferentes maneras en la vida cotidiana. Como fue mencionado al comienzo, las novias de los nuevos ricos merecen un espacio importante en este sentido. No es extraño ver cómo las “chicas del momento” que se ponen en pareja con un futbolista o empresario de renombre corren al quirófano para empezar un proceso de remodelación que no se sabe en qué momento terminará. Luego de la cirugía plástica vendrá la tapa en la revista y la exposición televisiva, cuando este proceso comienza a agotarse se producirá el escándalo por la separación o una nueva cirugía que reavivará el ciclo. 

La espectacularización de casi todas las esferas de la vida es un factor importante en la cultura actual. De este modo se hace show de casi todo. Los programas periodísticos que salen a recorrer la noche bonaerense muestran una realidad de descontrol y violencia con objetivos comerciales, a años luz de buscar una concientización real sobre el problema. La corrupción se transforma también en espectáculo y la cámara oculta es su amiga inseparable: investigaciones periodísticas que muestran estafas a ciudadanos comunes a los que se les promete “el oro y el moro” para luego realizar el encuentro cara a cara entre el periodista (el justiciero) y el estafador.

En los últimos meses, la investigación del periodista Jorge Lanata sacudió a buena parte de la sociedad tanto en contra como a favor. La cámara oculta que mostró a Leonardo Fariña dando información clasificada acerca de maniobras financieras fue uno de los condimentos más polémicos. Lo interesante es ver cómo los medios de comunicación tendieron a farandulizar el tema: se comenzó a hablar de la pelea entre las hermanas Iliana y Marina Calabró, el estado de salud de su padre o la relación entre Fariña y Karina Jelinek. 

Asistimos entonces al espectáculo de la corrupción en donde lo importante no es saber si la acusación es cierta o no, ya que se pone el ojo en los pormenores, en los detalles familiares, en el chisme, en el “mirar por el ojo de la cerradura”.

Sospechas de corrupción, asesinatos, peleas entre vedettes, inflación, todos los temas pueden ser tratados con igual liviandad. En cualquier programa de chimentos se forma un panel con voces de la materia y se improvisa un debate en donde la opinión se basa únicamente en lo expuesto por el generador del contenido. Este mismo panel es la arena en donde se hace show de todo: de la muerte, de la vida, de lo grave y de lo insulso.

El espectáculo comienza desde lo que se dice, pasando por las coloridas camisas o incluso los sacos satinados que usan los “expertos” y llegando a los indisimulables rasgos que dejan el botox y demás cirugías plásticas. 

Volviendo a la frase inicial, en la Charlottecracia las siliconas cumplen el rol de una armadura. Es decir, se rellena con plástico allí en donde hay una inseguridad. Pero no sólo es función del plástico la de llenar espacios vacíos. En la sociedad de consumo, todo lo “cósico” es una promesa: la indumentaria, los electrodomésticos, las computadoras, las pantallas LED cada vez con mayor resolución, los celulares y su interminable progreso tecnológico.

Se cree que se compran objetos pero se están comprando ilusiones. Y se están vendiendo ilusiones, lo que está en juego es el formidable poder de lo simbólico, de la connotación. Lo inquietante de este mecanismo es que produce una sensación de insatisfacción casi inmediata, por lo tanto, la necesidad de seguir adquiriendo “partes para la armadura” nunca termina. En esa loca carrera se puede llegar, en el mejor de los casos a la bizarra figura de las fosforescentes hermanas Xipolitakis pero en el peor de los casos a la locura, a la enfermedad. 

Es, por lo menos, complejo en una Charlottecracia desear volver a paradigmas anteriores. Sobre todo si se tiene en cuenta que los ambientes festivos también se encuentran asociados con este tipo de mensajes. Durante las fiestas en los boliches y los momentos de ocio de los más jóvenes se apela a las figuras antes mencionadas desde la música, el sexo, el alcohol y la publicidad. Sería más razonable plantear la necesidad de saber a lo que uno se enfrenta cuando se le ofrece contenidos de este tipo para poder, en todo caso, tomarlo o dejarlo. En esencia, tratar de no perder la propia libertad.