9 de abril de 2015

Condenados a una existencia perpetua

Por Alejandro Spagnoli
(Publicado originalmente en Revista Paralelo 38)


Durante los últimos años los avances de la ciencia han sido enormes y ya a comienzos de este siglo, el filme Inteligencia Artificial dirigido por Steven Spielberg profundizó en la problemática de la inmortalidad. La película cuenta la historia de un niño robot el cual tiene la misma inteligencia y sentimientos que un humano común con el plus de estar condenado a sufrir la pérdida de sus seres queridos hasta el fin de los tiempos. Dentro de ese argumento, también aborda el tema de los avances tecnológicos y la total incertidumbre de sus consecuencias. 

En un mundo en el cual la revolución tecnológica se encuentra en pleno desarrollo, lejos de ser apocalíptico, el tópico toma forma y vuelve razonable la pregunta acerca de los límites de la intervención humana sobre la naturaleza. 

Durante el año 2005 y en el contexto de la rápida espiral de ascenso tecnológico, el futurólogo de British Telecom, Ian Parson aseguró que para el año 2050 nuestra mente podría ser descargada a una computadora. Con base en este polémico dicho, ese mismo año el periodista Ariel Torres publicó en su columna de La Nación una nota en la que planteaba ciertos interrogantes: si la afirmación fuera correcta, la muerte dejaría de ser un problema. Bastaría únicamente con la clonación y la “instalación” de los datos en el cuerpo nuevo. En este contexto… ¿Quién tendrá el coraje de apretar el botón? ¿Quién puede asegurar que todo saldrá bien? ¿Somos simplemente un conjunto de datos los cuales pueden ser copiados y pegados? 

El sentido de la existencia le quitó el sueño a decenas de filósofos durante muchos años y hasta el día de hoy es un misterio sin resolver. Grandes exponentes del existencialismo cómo Albert Camus y Jean Paul Sartre pusieron de manifiesto lo absurdo del ser humano por tener conciencia de su finitud. Y es que probablemente lo que más angustia al hombre es el tener la certeza de que algún día va a morir y dejará de ser. Al mismo tiempo, el saberse inmortal produce idéntica desesperación. Tal vez la peor pesadilla de Sartre: ahora “la nausea” será eterna o peor aún, quizás el hombre se vea entre la espada y la pared. La opción de hierro de tener que elegir entre dejar de ser o ser para siempre. 

Queda claro que al plantear este tipo de dilemas el ser humano se topa con la posibilidad de jugar a ser Dios o dicho de otro modo, es el hombre quien ahora va a jugar a los dados con el universo. De este modo, en caso de poder decidir la propia inmortalidad los límites quedan en un marco vaporoso.

En una nota publicada en el diario Clarín, el director del Instituto del Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford, Nick Bostrom aseguró que el avance de la tecnología ha rebasado nuestra capacidad de controlar las posibles consecuencias. En este sentido, plantea las puertas que estos descubrimientos abren hacia mundos totalmente desconocidos. 

El mayor riesgo existencial de la humanidad proviene de la propia humanidad y su actividad. Es cierto que los riesgos de la racionalidad técnica datan de hace tiempo con las discusiones en torno a la tala de bosques, la contaminación y otros conflictos con el medio ambiente. Sin embargo, la problemática puede ir mucho más allá: “Existen riesgos significativos en algunas de las formas avanzadas de biología sintética, las armas de nanotecnología y la superinteligencia de las máquinas que podrían desarrollarse durante este siglo. Lo mismo ocurre con determinadas situaciones evolutivas distópicas”, dijo Bostrom en la misma nota de Clarín. 

El dilema se torna aún mayor al adentrarse en el campo de la selección genética. En un principio, esta práctica consiste en seleccionar un embrión libre de alteraciones en genes que pudieran aumentar el riesgo de sufrir enfermedades graves en el futuro. Sin embargo, y como sostiene Sergio Ghio, biólogo molecular de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, esto sumado a la selección social planteada por el capitalismo podría hacer que se amplíen aún más las desigualdades. 

El perfeccionamiento de este tipo de prácticas podría causar la división de los seres humanos en dos clases. Una primera clase libre de enfermedades, que será la que tenga los medios sociales y económicos para acceder a los procedimientos contrastada por una segunda clase; la de los seres humanos corrientes, condenados a una ruleta rusa genética en la cual siempre habrá riesgos mucho mayores de desarrollar padecimientos. 

Sin duda este tipo de ingeniería genética no sólo persigue la corrección de defectos y la cura de enfermedades sino que también busca el perfeccionamiento del género humano y esto se encuentra muy ligado a la idea desarrollada al comienzo: el hombre y la in-mortalidad. Nadie puede asegurar realmente que el avance tecnológico garantice la existencia eterna, no obstante, el concepto hace añicos símbolos muy arraigados de la cultura mundial. El tiempo dejará de tener sentido, lo mismo ocurrirá con la juventud, la adultez, la niñez… estas ideas dejarán de existir y probablemente no serán más que ciclos a los que volveremos superada cierta fase del desarrollo. 

Suele decirse que cada ser humano es valioso por ser único e irrepetible. ¿Qué pasaría si esto dejará de ser así?

La eternidad quita el valor intrínseco de cada instante de la vida, ya no habrá prisas, no habrá sueños, ni metas, ni pasiones, ni amores. No será necesario vivir como si la vida se acabara, justamente porque la vida nunca acabará. En ese momento, el ser humano estará preso. Será un preso de la vida, de la nada, de la vacuidad, del sin-sentido. 

Cada instante perderá su valor de la misma forma en la que se devalúa todo lo que es fácil de conseguir. No habrá momentos únicos ni sensaciones de realización. En pocas palabras, la vida dejará de ser un reto, ya no será una competencia. No será la búsqueda de la felicidad o de la autorrealización. No habrá la necesidad de trascender. No habrá motores que nos muevan a hacer las cosas lo mejor posible. Todo dará lo mismo. No podremos valorar cada momento con los seres que amamos, simplemente porque sabremos que siempre estarán ahí. Las despedidas serán cosas del pasado porque dos personas inmortales no necesitan despedirse. En algún remoto momento de su interminable vida van a volverse a encontrar. El Inmortal, cuento de Borges no pudo contar mejor esta tremenda sensación de vacío: “Homero y yo nos separamos en las puertas del Tánger; creo que no nos dijimos adiós”.